Qué son el hambre, el apetito y la saciedad

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Nov 27, 2019
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Pues no, hambre y apetito no son palabras sinónimas, aunque coloquialmente las usemos como si lo fueran. Ambas tienen que ver con la alimentación y el impulso de comer, pero ahora verás que se trata de conceptos realmente diferentes.

Qué es el hambre

Como seguramente habrás notado, necesitamos alimentarnos con frecuencia para seguir vivos y para que nuestro cuerpo funcione bien. Y el hambre es, precisamente, la señal que nuestro organismo nos envía cada poco tiempo recordándonos esa necesidad de nutrientes. Es decir, que hambre y necesidad van siempre cogiditas de la mano.

Qué es el apetito

Nuestro cuerpo, sin embargo, no tiene ninguna necesidad de ese trozo de tarta a la hora de los postres. ¿Por qué nos apetece tanto, entonces? Pues porque el apetito tiene que ver con otras cosas: con lo que nos resulta agradable a la vista o al olfato, y con ese puro placer de comer que nuestra especie ha llevado a un alto grado de sofisticación.

Aunque el tema es más complejo, porque también existen estados emocionales, como la tristeza o la ansiedad, que despiertan una necesidad psicológica (no física) de comer.

Qué es la saciedad

La sensación de saciedad es la que experimentamos cuando nuestro cuerpo ya no nos pide más alimento. Nuestra necesidad está cubierta, así que podemos dejar de comer. Pero ese mecanismo, aparentemente sencillo, también está influido y alterado por factores sociales y culturales, como veremos un poco más abajo.

El hipotálamo, esa fábrica de sensaciones

Todas esas sutiles percepciones en torno a nuestras necesidades alimentarias se generan y gobiernan en el hipotálamo. Allí están los centros neuronales responsables de enviar unas u otras señales al organismo, para lo cual reciben un montón de información del aparato digestivo, la sangre y el tejido adiposo. Pero también de la vista y el olfato, que se dejan seducir con facilidad.

Leptina, la hormona de la saciedad

¿Es tan difícil controlar el apetito?

En general, en nuestra sociedad se come demasiado: estamos rodeados de estímulos y atractivos de muy fácil acceso, como la comida rápida o la bollería industrial. Pero no se come bien, porque a menudo se descuidan los nutrientes que nuestro organismo solicita y se le entregan otras sustancias que no le hacen falta. Si nuestro cuerpo pudiese hablar, cada vez que engullimos una palmerita de chocolate nos diría: ¿Y qué quieres que haga yo con esto? 

En un entorno lleno de tentaciones, prisas y alimentos llamativos de baja calidad, es común adquirir malas costumbres. Así que parte de nuestra salud va a depender del control que tengamos sobre el apetito. Como al fin y al cabo no somos de piedra, a todos nos vienen bien algunas pistas para no perdernos entre snacks y refrescos azucarados.

Es fundamental ser conscientes de nuestras sensaciones. A menudo comemos por comer, sin siquiera obtener placer con ello. Por ejemplo, cuando picamos mientras vemos la tele o leemos el periódico. Lo ideal es parar un segundo y concentrarnos en la sensación de saciedad.

Esa sensación dependerá además del tipo de alimentos que tomemos. Las proteínas son más saciantes que los carbohidratos, de los que solemos abusar. Los vegetales también ayudan a que quedemos saciados con más facilidad, y por tanto tengamos un mayor control sobre nuestros impulsos.

Leptina y adelgazamiento

Decíamos que el hipotálamo es el jefe de nuestro comportamiento alimentario, y que allí se recibe la información de otras partes del organismo. Pues bien, la leptina, una hormona producida por el tejido graso, es la encargada de comunicarle que ya estamos saciados y que no hay que comer más. Por eso se le llama hormona de la saciedad.

Ese mecanismo ha llevado a plantear la utilidad de los suplementos de leptina para engañar al cerebro y obtener antes la sensación de satisfacción. Pero parece que las personas con sobrepeso (y altas cantidades de leptina, generada en su tejido adiposo), desarrollan cierta resistencia a los efectos de la hormona.

En cualquier caso, todavía es necesario un mayor conocimiento para manipular con seguridad estas cuestiones. ¿Qué nos queda entonces? Pues ejercicio, una alimentación correcta y ese segundito de reflexión antes de lanzarnos sobre cualquier donut con glaseado rosa.

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Fuente: Medigraphic

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