Cómo perder el miedo al gimnasio

Hace años había un anuncio que decía algo así: Tu cuerpo es maravilloso. Y no solo es una verdad como un templo, sino algo que deberíamos recordarnos a diario. Nuestro cuerpo, sea pesado, liviano, fibroso, redondeado, alto, bajo, viejo o joven, es una máquina increíblemente compleja y sensible que trabaja para nosotros todo el día y toda la noche. ¿Y a qué viene todo esto?, te estarás preguntando.

Pues nos ha parecido importante insistir en ello porque es una lástima que muchas personas, hombres y mujeres, no pisen el gimnasio por pudor o incomodidad. Por una especie de vergüenza a ponerse ropa que nunca han usado, a verse en medio de un montón de estatuas griegas vivientes y otras cosas parecidas.

Entendemos bien las manías y los complejos porque nadie está libre de ellos, pero cuando entres en un gimnasio, tú que no has ido nunca, comprobarás que hay todo tipo de cuerpos y de edades. Comprobarás que también suele haber un buen ambiente, que la gente se ayuda y que allí se va a hacer ejercicio para sentirse mejor. ¡Y eso es todo!

En las últimas décadas hemos avanzado mucho en estas cosas. No hace tanto, a las carreras populares solo iban unas poquitas personas capaces de correr muy rápido. Ahora… ¿has visto la salida de una carrera popular ahora? Pues esa es la idea; las carreras son para correr, y el gimnasio es para hacer ejercicio y cuidar mejor de tu cuerpo. Así que déjate de complejos, que la vida no dura para siempre.

Si después de todo esto te queda alguna reserva, aquí van algunas pistas para ponértelo todavía más fácil.

Consejos para empezar a ir al gimnasio

Apúntate a alguna clase

La mayoría de los gimnasios tienen una larga y variopinta lista de actividades para elegir. Escoge alguna de ellas, la que más te apetezca, y mira qué día y qué hora te van mejor. Lo demás es muy sencillo. Solo tienes que ir ese día a esa hora, seguir las indicaciones y disfrutar de la sesión. En muy poco tiempo habrás conocido a otras personas (es otra ventaja que tienen los gimnasios) y estarás deseando que llegue el día de la clase para sudar la gota gorda tan a gusto.

Deja que un monitor te ayude a empezar

Ahora que ya has roto el hielo con el gimnasio, ¿por qué no te das una vuelta por la sala? Sí, ese espacio grande lleno de máquinas. Tan lleno que, de hecho, puede resultar un poco confuso. Así que lo mejor es que hables un ratito con uno de los entrenadores para que te diga qué puedes hacer, qué aparatos te convienen más y cómo debes utilizarlos. Te ayudará a elaborar una pequeña rutina de ejercicios que se adapte a tus necesidades y objetivos y… ya está. Solo falta que lleves música y te repitas unas cuantas veces: ¡y pensar que no quería venir!

Ah, pero si no todo el mundo es deportista de élite…

Ya te lo habíamos dicho, pero lo repetiremos. La mayor parte de la gente que va al gimnasio son personas que sacan su tiempo como pueden para ejercitarse un rato. Algunas de ellas son más constantes, otras menos, y muchas están empezando, exactamente igual que tú. ¿Superatletas? Pues mira, hay gente que se lo trabaja mucho y está en muy buena forma, claro, pero son los menos.

¡Está bien esto del gimnasio!

Hay algo que hace que en un gimnasio se respire un ambiente positivo: todo el mundo viene con ganas de olvidar sus problemas, mejorar su forma física y encontrarse más a gusto consigo mismo. Y esa motivación acaba siendo contagiosa, porque siempre nos contagiamos un poco de lo que se respira en nuestro ambiente. Un gimnasio se parece muy poco a ciertos entornos laborales difíciles o tensos que quizá conozcas, así que no solo es un buen sitio para la salud de tu cuerpo. También lo es para la de tu mente.

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